miércoles, marzo 30, 2005

¡Bravo, Terri! Un texto de José Blanco

José Blanco escribe en La Jornada sobre eutanasia. Y lo hace desde el punto de vista de haber asistido y luchado para no prolongar la agonía de su padre.
Su reflexión me parece maravillosa. El destino final del ser humano es morir. Lo que viene después lo puedes determinar por tus creencias religiosas o por no tener ninguna. Lo cierto es que alargar la agonía de un hombre es construirle una dolorosa existencia a él y a sus seres queridos.
Morir no es malo, no es hermoso, no es terrible, es el momento que cierra tu ciclo de vida. También puede ser algo que no quieres encarar pero que sabes que está ahí, delante de ti.
La muerte es una cita ineludible. Tu muerte o la de las personas que aprecias. ¿entonces por qué negarsela a alguien que está inmerso en una dolorosa agonía? ¿Para qué ir contra el destino reteniendo con máquinas y aparatos a quien ha llegado a esa cita final?

¡Bravo, Terri! Un texto de José Blanco lo pueden leer acá en La Jornada.

O aquí:


José Blanco
¡Bravo, Terri!

Terri Schiavo -por conducto de su marido- ha ganado la batalla y pronto morirá, si es que no ha ocurrido ya ese feliz desenlace. Debido a la torpe politización de su caso, propiciada por su familia, el asunto llegó hasta el ignaro que gobierna Estados Unidos -que en persona quiso impedir la resolución de un juez que había ordenado "desconectar" a Terri de todos los artificios que la mantenían con "vida"- y ello, a su vez, impulsó la noticia de su caso por lo medios del planeta. Después de una dilatadísima batalla, Terri se ha levantado con la victoria: dispondrá de su vida, que eso es querer la muerte.

Alejandro Amenábar, con la cinta Mar adentro, acaba de ganar en Hollywood el Oscar a la mejor película extranjera, que trata la tragedia de Ramón Sampedro, quien quedó cuadrapléjico, como Terri Schiavo, pero con la mente lúcida, y libró ante los tribunales una batalla para que se le permitiera suicidarse. Todo ello ha vuelto a poner nuevamente en los medios el debate sobre la eutanasia y el suicidio. Ojalá que en este nuevo debate la humanidad pudiera avanzar un par de pasos al menos.

Ramón Sampedro escribió: "Justificar sufrimientos irremediables por el interés de alguien que no sea el desafortunado ser humano que los padece es crear un infierno para que diablos y diablillos disfruten con el espectáculo de los condenados mientras filosofan gravemente sobre el sentido del dolor".

Mártir de la causa de la muerte digna como Sampedro, Terri Schiavo ha ganado una batalla más al ciego oscurantismo religioso.

Hace una década asistí a un momento imborrable. Mi padre vivía una agonía interminable en un hospital privado de Guadalajara. Su esposa, mis medios hermanos, mis hermanos y yo, lo veíamos sufrir como en la peor escena imaginada por Dante. Los médicos lo mantenían "enchufado" a artilugios repugnantes: tubos, sondas, la parafernalia que probablemente todo mundo ha visto en un hospital. Todos sufríamos con él como un perro arrollado por un tráiler; yo, además, rabiaba. "Esto es absurdo e inaceptable"; cientos de veces estas palabras horadaban mi cabeza. Reuní a la familia y le pedí su acuerdo para buscar en el propio nosocomio, por supuesto en un marco clandestino, ayuda para abreviar el paso y dejar atrás en definitiva el suplicio extremo al que estaba sometido por la "ciencia médica". El pacto fue unánime e inmediato.

Pero obtuve una respuesta indignada, casi una reprimenda de un médico-jefe: "la vida y la muerte la dispone el señor de los cielos, nuestra misión es alargar la vida de los pacientes". Los ojos del médico lanzaban llamas al criminal que se había atrevido a formular semejante petición. Sentí entonces un gran desprecio por ese desdichado galeno y le dije: "ustedes no están alargando la vida de mi padre, están alargando su agonía". No tuve respuesta. Le dije que en ese mismo momento me lo llevaría a casa. "Morirá bajo su responsabilidad", casi gritó el médico. "Así será", le respondí. Lo "desconectaron" y dos días después mi padre murió y cesó su tortura estúpida. El dolor se mezcló con la satisfacción, casi la felicidad, de haber terminado con su sufrimiento.

El escritor español Miguel Fuentes escribió con lucidez: "El miedo a la muerte lleva a muchos a la falacia del alma y de la eternidad como una treta feliz, y el alma y la eternidad llevan a la falacia de los dioses, lo que llena de consuelo y sentido la vida de algunos. Si los dioses nos han otorgado la vida, ésta no nos pertenece. Es la enfermiza conclusión que hace, por ejemplo, que se le inflame la sotana al arzobispo de Granada y que se espanten todos los que ven en ese acto de libertad suprema, que es elegir el momento de la propia muerte, un insulto a sus dioses, ésos que ha ido levantando el hombre con el barro de todas sus miserias".

Con cuánta evidente razón Schopenhauer escribió: "La fuente principal de los peores males que el hombre padece es el hombre mismo". ¿Qué mal peor que querer morir para terminar con un sufrimiento de mierda y estar impedido por unas instituciones regidas por la moral cristiana?

Savater lleva razón al subrayar que a los hombres los ahoga una ética fundada en el deber, en lugar de ganar en definitiva la libertad con una moral basada en el querer. Escribió: "eutanasia es un nombre rebuscado y absurdo para el viejo y buen suicidio de toda la vida. Se intenta por medio de ella convertir al suicidio en una prescripción médica: uno tendría que pedirle permiso al médico para morirse, para matarse, vamos. ¡Ya no hay autogestión ni para esto! Lo que pretendió en España la ley pro eutanasia como gran conquista progresista fue hacer valer un formulario para que el médico (no un amigo o un conocido con quien tú tengas más confianza) hiciera el trabajo por ti. ¡Pero cuidado! Ese juicio absolvedor debe estar basado en motivos clínicos; no se puede detestar la vida por otras razones que no sean clínicas. Si tú estás sano, respiras y das saltos, pues la vida te tiene que parecer maravillosa".

Más que claro: uno tendría que poder morir porque quiere y punto.

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