sábado, junio 28, 2008

A mi me apodan...

Si usted tiene un apodo, presúmalo o preocúpese, pero nunca se enoje si le molesta, porque seguro que se lo dirán por siempre mientras pertenezca a un grupo social, de trabajo o profesional.

Los apodos los tenemos todos; se trata de un rasgo que nunca imaginaron nuestros padres que tendríamos cuando nos llevaron a bautizar, pero en ocasiones el apodo ofrece identidad, da personalidad, oculta la verdad de la persona o es colocado a alguien para formarle una imagen, aunque también los hay heredados.

Janette Reynoso, investigadora del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), consideró que quien tiene un apodo es importante en el círculo social en el que se desenvuelve, para bien o para mal, pero no pasa inadvertido.

Mariano Lozano Ramírez, profesor del Departamento de Lengua y Literatura de la Universidad de La Sabana en Chía, departamento de Cundinamarca, Colombia, publicó un trabajo en el que destaca que los apodos son señales lingüísticas de quien los posee.

Los define como un acto de creación o de recreación lingüística motivado, muy expresivo, mediante el cual el sujeto apodador da un nuevo nombre a sus semejantes, según las características que evocan en la mente de aquel la imagen de un objeto, sujeto o circunstancia y que identifican a quien recibe ese nuevo nombre.

Cuando es bueno, el apodo es producto del ingenio, de la capacidad de comparación, de la observación y de una persona que ha sabido captar una característica muy peculiar del apodado, pues muchas veces es mejor que el nombre de pila.

Janette Reynoso detalló que la aceptación del apodo es difícil en ocasiones; ello significa su admisión en el grupo social, y aunque los hay de muchos tipos, los sobrenombres forman parte de una cultura latina que también existe en España, de donde se supone tiene su origen.

De acuerdo con Lozano Ramírez, casi nadie escapa a un apodo en cualquier momento de su vida, pues éstos no surgen de la nada.

En realidad, siempre tienen una motivación y esa es la razón que lleva al apodador a descargar la fuerza emocional que despiertan las características de los sujetos por cariño, amor, odio, ira, maldad, jocosidad, emoción, tristeza, envidia, amistad o enemistad.

Muchas de las personalidades famosas como políticos, artistas o deportistas tienen su apodo, sobrenombre o su mote afectivo o despectivo. Tal es el caso de Felipe El Tibio Muñoz, a quien apodan así desde 1965 porque nunca estaba conforme con la temperatura del agua.

Sin embargo, también se dice que adquirió el sobrenombre porque su madre nació en Río Frío, Puebla, mientras que su padre es oriundo de Aguascalientes.

Un apodo creado para dar identidad criminal es El señor de los cielos, como se conoce al narcotraficante Amado Carrillo Fuentes, a quien las autoridades policiacas le impusieron ese mote porque se sabe que fue el primero en llevar un cargamento de droga en avión desde México hasta Estados Unidos.

Entre los sobrenombres impuestos por afinidad física, destaca el del boxeador mexicano Rubén Olivares, El Púas, a quien se le conocía por la característica erizada de su cabello.

Por el lado de los políticos, también los hay y muchos, como el Diamante Negro, como se le bautizó a Jesús Silva Herzog, por su color de piel y su capacidad en el manejo de las finanzas y las estrategias económicas nacionales.

A diferencia de él hay otro que fue adoptado a un ex presidente de México, a quien le apodaban El Perro. Se trata de José López Portillo, porque en uno de sus discursos ante el Congreso de la Unión hizo una declaración contundente: "Defenderé al peso como un perro".

En el mundo del hampa, los alias se emplean para evitar que se conozca la identidad real de los delincuentes y en otros casos por su modus operandi, como El Mochaorejas, La Mataviejitas o Los Narcosatánicos, que como en este último caso adoptan el nombre en conjunto.

Entre los que sufren sus apodos por característica física, se encuentran Arturo El Negro Durazo, por su color de piel, o Joaquín, El Chapo Guzmán, porque en el norte del país esa palabra es sinónimo de bajo de estatura.

Los apodos heredados son los que se imponen a los hijos de los famosos en el grupo social, tal es el caso de aquel a quien le dicen el campeón, a su hija y a su nieta les dicen las campeoncitas y hay familias enteras que reciben el apodo de uno de ellos como son Los Morongas.

Se sabe de una familia en la que todos los hermanos tienen apodo, que desde sus padres se los impusieron y van del mayor al menor: Borrego, Charanda, Guama, Chivo, Bis, Dipu. Todos ellos, aún siendo adultos, siguen llamándose por su apodo y en el barrio nadie conocía sus nombres de pila.

También hay apodos para grupos específicos como los policías, a quienes les dicen la chota, los cuicos o los pitufos; a los agentes de tránsito tamarindos; a los oriundos del Distrito Federal chilangos; a los albañiles, macuarros, y a los guardaespaldas guaruras.

Se dice que en el apodo se lleva la calificación, el orgullo o el disgusto, y más vale que la gente acabe por acostumbrarse, porque si alguien sabe que le molesta, lo dirán con más entusiasmo y si no de cualquier forma el sobrenombre sirve como un reconocimiento.

El apodo es el nombre de batalla, hay quienes se lo ponen a sí mismos, quienes lo disfrutan y lo adoptan más que su nombre de pila como son los luchadores, cuyos nombres, en muy pocos casos, se conocen.

La Jornada | Y usted, ¿qué apodo tiene?

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